Muchas veces, el fracaso me hace volver a evaluar lo que necesito para mejorar, ya sea en la cancha o como persona. Dios con frecuencia ha convertido mis defectos y fracasos en experiencias que cambian mi vida.
Por ejemplo, romperme el tobillo en mi primer año de secundaria me enseñó la lección de humildad y trabajo duro mientras veía a mi equipo perder en los playoffs sin mí. Antes de que eso me ocurriera, tenía una actitud terrible y era muy arrogante. Me estaban echando constantemente de la práctica debido a mi actitud.
Durante este tiempo también recuerdo que mi hermano mayor me escribió una carta mientras él estaba en la universidad. Su carta me recordó que mi carrera podría terminar en cualquier momento, y que todo lo que podía controlar era mi actitud, que no debía dar por sentado el baloncesto.
El proceso de recuperación pareció durar una eternidad porque en lo único que podía pensar era en dar mi mejor esfuerzo y adoptar una actitud humilde en el entrenamiento. Confío en que sin esta lección, mi carrera hubiera terminado hace mucho tiempo.